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El aire y la transparencia.

Ensayo, entrevista por Facundo Ruiz.

            El aire es literalmente autodidacta, y por eso, se enseña a sí mismo. La transparencia no. En las artes plásticas, esa diferencia nada simple es singularmente evidente: entre lo que Jean Dubuffet reúne y organiza a mediados del siglo XX como Compagnie d’art brut y lo que hacen Gaston Chaissac o Adolf Wölfli –y tantos otros autodidactas o “artistas en bruto” (presos, niños, pacientes psiquiátricos)– surge visible y hasta palpable ese delgado y casi inaprensible impasse. Marcel Duchamp, no sólo en Air de Paris o en sus varios “vidrios” sino repetidamente a lo largo y ancho de su obra y vida, ha reflexionado y experimentado esa diferencia infraleve en la que sin duda se halla una respuesta a si es posible hacer una obra que no sea de arte.

Buenos Aires, verano de 2013: de eso parece hablar Iván Aurelio al señalar su interés y el asombro que le produjo encontrar una obra como la de Henry Darger: el interés, a primera vista, es entendible pues ambos se sirven de materiales disponibles o accesibles en su entorno inmediato (en la calle, en sus lugares de trabajo); ambos transparentan en la idea de infancia un mundo grotescamente adulto –o de edad tan remota como su imaginario– pero violentamente superpuesto al cotidiano; y ambos practican el autodidactismo, aunque en su caso –reflexiona Aurelio– esa práctica describa efectos buscados más que causas impredecibles o variables. El asombro, por otra parte, es ligero, y se enlaza con cierto vértigo placentero, pues enseguida Aurelio sugiere –y especula: en cada edificio cuántos “Darger” podría haber. Pero es un asombro técnicamente muy preciso, de curiosidad infraleve: la pregunta que ronda la conversación –mientras recuerda aspectos o escenas de la vida de Darger– termina por caer como una mosca agotada en la mesa: ¿por qué llega esa obra al museo, a los periódicos, al cine, al mundillo (Nueva York, Berlín, Roma) y se vuelve de arte? Y entonces, una vez allí, ¿sigue siendo esa obra o pasa a convertirse en una más?

Que el arte no es aire o autodidacta, que no se muestra a sí mismo, suele ser tristemente célebre en las instituciones que lo exponen y balizan, habilitan y muchas veces opacan esa transparencia. Un museo es justamente una forma del vidrio –más o menos claro, más o menos caro– que hace que una obra sea, entre otras cosas, de arte; y el arte es justamente esa operación que trasparenta una obra. Pues una obra –incluso la de arte– nunca brilla ni –como un agujero negro– absorbe tanta luz que haga imposible la sombra; la obra –sobre todo la de arte– establece apenas sistemas de transparencias que, cuanto más evidentes, resultan menos simples. Y quizá allí se halle su vínculo con el sombrero de copa y el conejo: el ilusionista ofrece el aire como si fuera transparente; el mago señala que –justamente– el aire parece transparente, y no lo es. 

Buenos Aires, verano de 2013: las operaciones de transparentado, ese arte de interfaz, concentra buena parte de las prácticas de Iván Aurelio, que describe su tarea refiriendo a las técnicas de collage, décollage, arrachage, transfer, calco, calado, incrustación y teñidos. El arte del velado-revelado: la fotografía, que también frecuenta, le ha servido –comenta Aurelio– para pensar esos pasajes, esos conductos que –como las cuevas y túneles submarinos– sin estar a la vista de nadie mantienen continuamente un movimiento, cierto recambio permanente pues, inaccesibles a las mareas, son por ellas afectados. Como las modas –dice– que lo llenan todo y luego pasan, dejando los restos visibles y activos de un movimiento pasado, sus coordenadas: levantar afiches publicitarios de la calle, recortar avisos o fotos de revistas, revisitar mapas y cartas náuticas, e incorporarlos a sus obras le sugiere esa corriente que conecta algo visto o vislumbrado pero artísticamente imperceptible con una forma distinta de ver, con una materialidad imaginaria y de lo imaginario impensados, pues poner en las obras “lo que hay en la calle” –explica Aurelio–no anexa un exterior ni populariza un contenido sino que logra transparentar eso que ven los otros cuando no miran una obra de arte. Transparentar lo que ven los otros cuando no miran una obra de arte. Antes que el juego de espejo, un espejismo: déjà vu. De esta manera, las operaciones con que Iván Aurelio interviene sus obras no privilegian ni resaltan los materiales por su carácter “inartístico” sino justamente por su “condensación de vistas” que –hasta no pasar por ese tamiz del velado-revelado– resultan tan invisibles como el aire.

 

Buenos Aires, verano de 2013: sin bocetos ni prefiguraciones, dice Iván Aurelio, sus obras se van componiendo capa por capa, e incluso, se van superponiendo unas con otras, pues no se ocupa de ellas sucesiva sino simultáneamente, llegando algunas a constituir apenas la base o “el lienzo” donde asentar o insertar otras. Algo del “diagrama” de Francis Bacon y del que habla Deleuze sobrevive en este método: se trata de un lleno que es necesario remover, labrar y surcar, hasta que una idea, cierta figura, se desprenda del cliché inevitable que asola los materiales y formas saturándolos. Si en sus materiales se condensan “vistas previas”, coordenadas de un tiempo tan pasado como remoto, sensaciones ya anestésicas, falsas prioridades, a la obra sólo le cabe empezar de nuevo y cada vez: capa por capa, y desde allí, descomponiendo eso “completamente dicho” y “completamente visto”, avanzar hacia el equilibrio convencional y provisorio que hace posible una composición, su sentido. Entre un todo y el otro –dice Aurelio– todo continúa: una obra, luego otra obra y entre ambas todo el espesor que les da sentido. Paradoja del espesor: antes que todo y después de todo, es todo lo que hay y todo lo que queda. Por eso el ojo, los ojos, son frecuentes en sus obras: cuando se ve lo que mira, uno puede esperar que aparezca el punto ciego. Sin embargo, en la obra de Aurelio esos ojos suelen indicar un ritornello antes que un mantra: el paso del hábito al hábitat, del llano al lleno. Y por eso también la perspectiva queda, menos que anulada, trasladada de la imagen al procedimiento, de la representación a la experimentación: de la ilusión de profundidad al ahondamiento o calado de esa ilusión, porque después de todo –como dijera Paul Valéry– lo más profundo es la piel.

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